Nunca llego a fin de mes
duermo todo el día
tampoco a concretar un ideal
lo dejo en el sueño
mis manos atadas
mi boca rumiante
mi cabeza explotando
mis pies rotos
y sobre amar
nunca llego a fin de mes
Nunca llego a fin de mes
duermo todo el día
tampoco a concretar un ideal
lo dejo en el sueño
mis manos atadas
mi boca rumiante
mi cabeza explotando
mis pies rotos
y sobre amar
nunca llego a fin de mes
—Espera, no te vayas, no sé qué cuento escribir…
Fue lo último que logré escuchar antes de cerrar la puerta con toda la rabia contenida. Los faroles se encienden uno tras otro; calculo que serán cerca de las siete. A pesar de que detesto el olor del cigarro, es justo lo que necesito para lidiar con la adicción emocional junto a un vaso de gaseosa oscura. Bebo mi angustia mientras mastico nuevos horizontes.
La noche del viernes fue lo que llamaría un paso por el Huerto de Getsemaní: escenas de traición y engaño repitiéndose sin fin. Despierto entre la neblina que separa la realidad de mis sueños y me tropiezo con su mirada. Pienso en su oficina, en su trabajo de escritor… ¿A quién más calcarás?
Nunca sucede igual, lo sé. Aun así, insisto en dormir un poco más, con la esperanza de regresar al sueño anterior. Nunca lo consigo. Cuando creo haberlo logrado, apenas alcanzo un breve repaso.
Hay uno que vuelve con frecuencia. Estoy en la orilla de un lago junto a un niño y dos monjas. Esperamos un bote. Cuando llega, cruzamos hacia un castillo levantado en medio del agua. Todo sucede bajo tonos verdes oscuros, en una hora imposible de precisar: podría ser la madrugada o el anochecer. La luz es tenue. A veces el niño no está, pero siempre permanece al menos una de las monjas. Tengo la certeza de estar cumpliendo una misión. En ocasiones me siento tranquila; otras, angustiada. Sin embargo, nunca desaparece la curiosidad por descubrir qué nos espera dentro de esa fortaleza.
No sé si la respuesta llegó hace poco, durante la pandemia. Vuelvo a verme en un castillo. Llevo una tea y avanzo hacia las partes altas; o quizá por pasillos secretos, no logro distinguirlo. Lo único que recuerdo con claridad es mi voz dando instrucciones a otras mujeres. Visto una túnica negra. Dos de ellas, las más cercanas a mí, permanecen dispuestas a todo en medio de un conflicto que mezcla guerra y agitación social.
Más tarde alcanzamos un lugar elevado desde donde contemplamos la ciudad de la que escapamos. Es casi el atardecer. Cruzo la mirada con un hombre; hay algo en sus ojos que me devuelve al niño del primer sueño. Estamos junto a las hermanas, mujeres de distintas edades. Permanecemos inmóviles mientras el cielo adquiere un rojo de sangre. Entonces comienzan a descender unos caballos negros, idénticos a los de las imágenes del Apocalipsis. Contenemos el terror, pero sabemos que estamos a salvo.
En el último sueño ocurre la transformación. Entre las piedras alguien me despluma. Descubro entonces que soy una mujer ave. Recuerdo el dolor mientras mi cuerpo levita, suspendido entre el deseo de despertar y el de permanecer allí. Una luz cegadora pronuncia un nombre:
—Ave Melva.
Despierto sudando, asustada, incapaz de comprender lo ocurrido. Sin embargo, acepto esa identidad.
un nudo sostiene
tu cuerpo tibio
suspendido
mi boca lactante
de tus senos
se cuelga
como mi deseo
sin cuerpo
en este refugio
no te has ido
La temporada del friaje empieza en junio, hablo del sur andino peruano. Quise cubrir de frio permanente mis emociones, sin embargo, la esperanza de la primavera orbita. Dejé de ser satélite para ser planeta.
El silencio me enseña que explotar es necesario para tener el proceso de reconstrucción.
Tus ojos marrones se cuelan en estos momentos como un virus tratando de atacar a mi ordenador. Me gustaría vomitar como en ceremonia de ayahuasca todo el daño retenido, ese que hice y me hicieron, muchas veces con ingenuidad otras con intensión. Las segundas son las más oscuras.
Hace unos cuantos meses que dejaron de llorar los carneros. El silencio está actuando.