viernes, 14 de agosto de 2026

Getsemaní y gaseosa oscura

 —Espera, no te vayas, no sé qué cuento escribir…

Fue lo último que logré escuchar antes de cerrar la puerta con toda la rabia contenida. Los faroles se encienden uno tras otro; calculo que serán cerca de las siete. A pesar de que detesto el olor del cigarro, es justo lo que necesito para lidiar con la adicción emocional junto a un vaso de gaseosa oscura. Bebo mi angustia mientras mastico nuevos horizontes.

La noche del viernes fue lo que llamaría un paso por el Huerto de Getsemaní: escenas de traición y engaño repitiéndose sin fin. Despierto entre la neblina que separa la realidad de mis sueños y me tropiezo con su mirada. Pienso en su oficina, en su trabajo de escritor… ¿A quién más calcarás?

martes, 14 de julio de 2026

Apuntes de invierno


Nunca sucede igual, lo sé. Aun así, insisto en dormir un poco más, con la esperanza de regresar al sueño anterior. Nunca lo consigo. Cuando creo haberlo logrado, apenas alcanzo un breve repaso.

Hay uno que vuelve con frecuencia. Estoy en la orilla de un lago junto a un niño y dos monjas. Esperamos un bote. Cuando llega, cruzamos hacia un castillo levantado en medio del agua. Todo sucede bajo tonos verdes oscuros, en una hora imposible de precisar: podría ser la madrugada o el anochecer. La luz es tenue. A veces el niño no está, pero siempre permanece al menos una de las monjas. Tengo la certeza de estar cumpliendo una misión. En ocasiones me siento tranquila; otras, angustiada. Sin embargo, nunca desaparece la curiosidad por descubrir qué nos espera dentro de esa fortaleza.

No sé si la respuesta llegó hace poco, durante la pandemia. Vuelvo a verme en un castillo. Llevo una tea y avanzo hacia las partes altas; o quizá por pasillos secretos, no logro distinguirlo. Lo único que recuerdo con claridad es mi voz dando instrucciones a otras mujeres. Visto una túnica negra. Dos de ellas, las más cercanas a mí, permanecen dispuestas a todo en medio de un conflicto que mezcla guerra y agitación social.

Más tarde alcanzamos un lugar elevado desde donde contemplamos la ciudad de la que escapamos. Es casi el atardecer. Cruzo la mirada con un hombre; hay algo en sus ojos que me devuelve al niño del primer sueño. Estamos junto a las hermanas, mujeres de distintas edades. Permanecemos inmóviles mientras el cielo adquiere un rojo de sangre. Entonces comienzan a descender unos caballos negros, idénticos a los de las imágenes del Apocalipsis. Contenemos el terror, pero sabemos que estamos a salvo.

En el último sueño ocurre la transformación. Entre las piedras alguien me despluma. Descubro entonces que soy una mujer ave. Recuerdo el dolor mientras mi cuerpo levita, suspendido entre el deseo de despertar y el de permanecer allí. Una luz cegadora pronuncia un nombre:

Ave Melva.

Despierto sudando, asustada, incapaz de comprender lo ocurrido. Sin embargo, acepto esa identidad.

miércoles, 1 de julio de 2026

nudo

un nudo sostiene

tu cuerpo tibio

suspendido 


mi boca lactante

de tus senos 

se cuelga 

como mi deseo

sin cuerpo


en este refugio

no te has ido



martes, 23 de junio de 2026

Apuntes junianos

 La temporada del friaje empieza en junio, hablo del sur andino peruano. Quise cubrir de frio permanente  mis emociones, sin embargo, la esperanza de la primavera orbita. Dejé de ser satélite para ser planeta.

El silencio me enseña que explotar es necesario para tener el proceso de reconstrucción. 

Tus ojos marrones se cuelan en estos momentos como un virus tratando de atacar a mi ordenador. Me gustaría vomitar como en ceremonia de ayahuasca todo el daño retenido, ese que hice y me hicieron, muchas veces con ingenuidad otras con intensión. Las segundas son las más oscuras. 

Hace unos cuantos meses que dejaron de llorar los carneros. El silencio está actuando. 


domingo, 1 de marzo de 2026

Asimetría del corazón

El sol llega a mi  habitación al rededor de las tres de la tarde, la luz se cuela por la ventana tropezando con la vista monótona del tragaluz, cocinas, baños, sonidos domésticos.  Afuera, los muros de ladrillos proyecta un rojo ocre que parece  camuflarse en mis ligeras líneas de expresión; quiero convencerme de que aún son ligeras. 

En mi cabeza, Mariage d'Amour se reproduce  en un bucle que intento atrapar infinitas veces. Entonces observo mi meñique izquierdo: pequeño y desprovisto de fuerza. Descubrí  la asimetría de mis pulgares el día que quise obligarles a interpretar esa misma música. 

¿Cuál fue esa vulnerabilidad mía que te asustó?

Mis manos rodeando tu cráneo, mi boca buscando tu piel bajo esa luz de las brumas marinas...una calidez sin el  frío que  congela, ese que desquicia los huesos. El espacio es ahora un blanco absoluto; intento confundirlo con la suavidad  de la piel desnuda que  alguna vez fue mía y luego dejaste compartir con otra. No hay naturaleza  aquí, solo la traicionera condición de un corazón que se niega a latir al compas del mismo amor. 

De pronto mis sabanas son invadidas por el gato negro. Entra con esa cadencia felina, moviendo  la cola como un cascabel silencioso;  me mira con esos ojos amarillos, entrecerrados, seductores   y  con un ronroneo que casi es un susurro se enrosca en mi vientre. Yo le respondo con un suspiro, enroscándome con él en el mismo vacío. 

He descubierto que es fácil para muchos corazones ser  vigorosos en las mentiras. Me puse triste mil veces más y mil veces más reproduje la misma melodía en el  piano hasta convencerme que quizás mi corazón no es más que el reflejo de otro.