El sol llega a mi habitación al rededor de las tres de la tarde, la luz se cuela por la ventana tropezando con la vista monótona del tragaluz, cocinas, baños, sonidos domésticos. Afuera, los muros de ladrillos proyecta un rojo ocre que parece camuflarse en mis ligeras líneas de expresión; quiero convencerme de que aún son ligeras.
En mi cabeza, Mariage d'Amour se reproduce en un bucle que intento atrapar infinitas veces. Entonces observo mi meñique izquierdo: pequeño y desprovisto de fuerza. Descubrí la asimetría de mis pulgares el día que quise obligarles a interpretar esa misma música.
¿Cuál fue esa vulnerabilidad mía que te asustó?
Mis manos rodeando tu cráneo, mi boca buscando tu piel bajo esa luz de las brumas marinas...una calidez sin el frío que congela, ese que desquicia los huesos. El espacio es ahora un blanco absoluto; intento confundirlo con la suavidad de la piel desnuda que alguna vez fue mía y luego dejaste compartir con otra. No hay naturaleza aquí, solo la traicionera condición de un corazón que se niega a latir al compas del mismo amor.
De pronto mis sabanas son invadidas por el gato negro. Entra con esa cadencia felina, moviendo la cola como un cascabel silencioso; me mira con esos ojos amarillos, entrecerrados, seductores y con un ronroneo que casi es un susurro se enrosca en mi vientre. Yo le respondo con un suspiro, enroscándome con él en el mismo vacío.
He descubierto que es fácil para muchos corazones ser vigorosos en las mentiras. Me puse triste mil veces más y mil veces más reproduje la misma melodía en el piano hasta convencerme que quizás mi corazón no es más que el reflejo de otro.
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