Nunca sucede igual, lo sé. Aun así, insisto en dormir un poco más, con la esperanza de regresar al sueño anterior. Nunca lo consigo. Cuando creo haberlo logrado, apenas alcanzo un breve repaso.
Hay uno que vuelve con frecuencia. Estoy en la orilla de un lago junto a un niño y dos monjas. Esperamos un bote. Cuando llega, cruzamos hacia un castillo levantado en medio del agua. Todo sucede bajo tonos verdes oscuros, en una hora imposible de precisar: podría ser la madrugada o el anochecer. La luz es tenue. A veces el niño no está, pero siempre permanece al menos una de las monjas. Tengo la certeza de estar cumpliendo una misión. En ocasiones me siento tranquila; otras, angustiada. Sin embargo, nunca desaparece la curiosidad por descubrir qué nos espera dentro de esa fortaleza.
No sé si la respuesta llegó hace poco, durante la pandemia. Vuelvo a verme en un castillo. Llevo una tea y avanzo hacia las partes altas; o quizá por pasillos secretos, no logro distinguirlo. Lo único que recuerdo con claridad es mi voz dando instrucciones a otras mujeres. Visto una túnica negra. Dos de ellas, las más cercanas a mí, permanecen dispuestas a todo en medio de un conflicto que mezcla guerra y agitación social.
Más tarde alcanzamos un lugar elevado desde donde contemplamos la ciudad de la que escapamos. Es casi el atardecer. Cruzo la mirada con un hombre; hay algo en sus ojos que me devuelve al niño del primer sueño. Estamos junto a las hermanas, mujeres de distintas edades. Permanecemos inmóviles mientras el cielo adquiere un rojo de sangre. Entonces comienzan a descender unos caballos negros, idénticos a los de las imágenes del Apocalipsis. Contenemos el terror, pero sabemos que estamos a salvo.
En el último sueño ocurre la transformación. Entre las piedras alguien me despluma. Descubro entonces que soy una mujer ave. Recuerdo el dolor mientras mi cuerpo levita, suspendido entre el deseo de despertar y el de permanecer allí. Una luz cegadora pronuncia un nombre:
—Ave Melva.
Despierto sudando, asustada, incapaz de comprender lo ocurrido. Sin embargo, acepto esa identidad.
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